Poemas de Marguerite Yourcenar.

1903-1987

BANDERA GRIEGA.

La orden era traer a tierra el andrajo color azul cielo, el harapo que se dobla en el viento formando y deformando un dios.

Con los estertores de alegría de un mártir entregado a sus verdugos, escuché gemir y rechinar la seda viva como si fuera de hierro.

Lo que me quedaba de patria flotaba en sus pliegues ofendidos y yo imploraba como un viudo frente al lecho vacío.

Sostuve en mis manos la vívida tela y derramé sobre mí su raudal de gloria cubriéndome de la cabeza a los pies, y después salté… dije adiós al sol.

Me envolví en ese paño como un alma se arropa en su pasado, y me vi en el aire como una enorme mujer que cae, como un pájaro herido.

Mis brazos estirados y abiertos fueron el asta del agitado andrajo. Mi caída se transfiguró en vuelo, en mi piel fue soldada un ala.

Mi cuerpo chocó contra el suelo cuando la transitoria curva de mi muerte había trazado en el cielo el claro perfil de la victoria.

LO MISMO OCURRE CON UN PERRO, CON UNA PANTERA O CON UNA CIGARRA…

Lo mismo ocurre con un perro, con una pantera o con una cigarra.

Leda decía: “Ya no soy libre para suicidarme desde que me he comprado un cisne”.

La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren.

No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación.

Creo que voy a ponerme a construir. Que no se acuse a nadie de mi vida.

No soporté bien la felicidad. Falta de costumbre.

En tus brazos, lo único que yo podía hacer era morir. Existe un plan general para el universo.

Sólo salimos en los momentos sublimes. En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro.

Uno sólo muere cuando está solo.

Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.

CANTILENA PARA UN FLAUTISTA CIEGO.

Flauta en la noche solitaria, presencia de una lágrima; todos los silencios de la tierra son pétalos de tu flor.

Sopla en la sombra tu polen, alma llorando, casi sin ruido, miel de una boca profunda que al besar la noche fluye.

Y si tus lentas cadencias son el pulso de las tardes de verano, convéncenos que el cielo baila porque un ciego cantó.